Hay una reflexión que hago constantemente en consulta, en clases y en muchas de las charlas que imparto, porque con el tiempo me he dado cuenta de que una parte importante de los problemas que vemos hoy empiezan precisamente ahí: en el enorme desconocimiento que tenemos sobre lo que realmente somos.
La pregunta que casi nadie sabe responder
Suelo comenzar de una forma muy sencilla. Me acerco a alguien y le hago una pregunta aparentemente fácil:
—Oye, ¿tú quién eres?
La respuesta suele llegar muy rápido.
«Soy Carmen.» «Soy profesora.» «Tengo dos hijos.» «Trabajo en un cole.» «Me gusta el deporte.» «Estoy casada»…
Y así podríamos seguir durante horas, hablando de aspectos de nuestras vidas.
Si me preguntaran a mí, probablemente respondería igual:
«Me llamo Francisco Javier, soy nutricionista, estoy casado, tengo un hijo, me gusta el deporte y me dedico a acompañar procesos de salud…«
Pero todo eso habla de mi vida, de mis responsabilidades y de mis circunstancias. No responde realmente a la pregunta de qué soy.
Y ahí es donde normalmente hago una segunda pausa.
Vuelvo a acercarme a esa persona y le digo:
—Perfecto, Carmen. Ya sé quién eres. Pero ¿tú qué eres realmente?
Y casi siempre ocurre lo mismo.
Silencio. Asombro. Desconcierto.
—»¿Cómo qué… que soy?«
Vivimos definidos por lo que hacemos, no por lo que somos
Da igual que esté en un instituto con alumnos de secundaria, en la universidad o dentro de consulta. La reacción suele parecerse mucho. Porque vivimos muy acostumbrados a definirnos por lo que hacemos, por cómo rendimos y por el papel que ocupamos en nuestra vida, pero muy poco acostumbrados a pensar en algo mucho más básico: somos organismos vivos.
Y creo sinceramente que muchos de los problemas empiezan justo en la distancia que existe entre esa realidad y la forma en la que vivimos. Es decir, a lo largo de nuestra vida creamos una gran distancia entre lo que somos y quién somos. Y aquí está el problema.
Con frecuencia actuamos como si nuestro organismo fuese por un lado y nosotros por otro. Como si el cuerpo fuese simplemente el vehículo obligado que tenemos que arrastrar mientras intentamos llegar a todo, producir más, rendir mejor y mantener un ritmo de vida que muchas veces es incompatible con nuestra propia biología.
Lo que veo cada día en consulta
En consulta lo veo constantemente.
Personas que quieren encontrarse bien mientras duermen poco, comen deprisa, descansan mal y sostienen niveles de estrés permanentes durante años. Personas que intentan mejorar su salud desde la exigencia, desde el control o desde el enfado con su propio cuerpo. Personas que sienten que hacen «todo bien» y aun así viven cansadas, inflamadas o desconectadas de sí mismas.
Y, sin embargo, olvidamos algo muy simple: dependemos completamente de nuestro organismo.
Dependemos de cómo descansamos, de cómo nos alimentamos, de cómo gestionamos el estrés y de la capacidad de adaptación de nuestro cuerpo. Más de 37 billones de células trabajando constantemente para sostener eso que llamamos «yo». Porque antes que profesionales, padres, madres, estudiantes o deportistas, somos biología viva intentando adaptarse a las condiciones que le damos cada día.
Por eso muchas veces digo en consulta, medio en broma y medio en serio, que somos un bicho más del planeta.
Y quizá el problema es que hemos aprendido a vivir demasiado lejos de esa idea.
El cuerpo no interpreta buenas intenciones, responde a condiciones
Queremos energía sin descanso. Claridad mental sin pausa. Salud sin hábitos compatibles con ella. Calma dentro de dinámicas que mantienen al organismo permanentemente en alerta.
Pero el cuerpo no interpreta discursos ni buenas intenciones. El cuerpo responde a las condiciones que le damos cada día.
A cómo dormimos. A cómo comemos. A cómo vivimos. A cuánto estrés sostenemos. A la relación que mantenemos con nosotros mismos.
Y cuando durante demasiado tiempo esas condiciones dejan de ser compatibles con el equilibrio del organismo, empiezan a aparecer los síntomas, el cansancio, la inflamación, la ansiedad o esa sensación constante de no terminar de encontrarse bien. Aparece la enfermedad fisiológica o mental.
Cuidar la salud empieza en comprender que tú también eres tu cuerpo
Por eso cada vez estoy más convencido de que cuidar la salud no consiste únicamente en aprender nutrición, entrenar más o seguir mejores protocolos. Creo que empieza bastante antes. Empieza en comprender que nosotros también somos el cuerpo y que vivir permanentemente en contra de nuestra propia biología siempre termina teniendo consecuencias.
Y quizás precisamente desde esa manera de entender la salud es desde donde nace NutriPsicoGen: del acompañamiento individualizado, de la observación clínica y de la idea de que una persona no mejora únicamente cuando recibe indicaciones, sino cuando aprende a comprender mejor lo que le ocurre, entiende cómo funciona su organismo y desarrolla herramientas para cuidar de su salud con mayor autonomía.

Francisco Javier Real del Valle
Graduado en Nutrición Humana y Dietética